Los angelitos del futbol

Emilio BUTRAGUEÑO
Jugador de patio de colegio, prototipo de chaval fiel a su primera novia, niño bien heredero de una perfumería en el barrio de Salamanca, José Emilio Butragueño Santos (Madrid, 1963) cambió el fútbol español, que pasó de ser un reducto de anárquicos con pinta de rufianes a bailar al ritmo cadencioso y ‘cool’ de la Quinta del Buitre. Qué injusto: jamás fue expulsado, nunca pegó una patada, ni protestó un solo penalty, ni se quejó del trato de la prensa tras enseñar el ‘pajarito’… pero tuvo que aguantar a José María García y su: “Ni una mala palabra, ni una buena acción”. Suerte que tras su paso por México le acertaron con el mote: ‘El caballero de la cancha’. A los grandes futbolistas se les recuerda por lo que hicieron en el campo. No obstante, su cambio de ritmo, el ‘pichichi’ del 91 (él, que nunca fue un goleador), su gol al Cádiz en el Bernabéu o su partido contra Dinamarca en Querétaro nunca podrán igualar el ‘shock’ estético que supuso disfrutar de su figura etérea, casi virginal: en sus tardes de gloria descubría una conexión directa con Dios.
Thomas BROLIN
Desde su restaurante en el barrio más chic de Estocolmo, ‘Undici’ (su paso por Italia le marcó), un viejo prematuro de 38 años con papada y barriguita cervecera recuerda sus saltitos al celebrar los goles que marcaba casi pidiendo perdón. A Thomas Brolin (Suecia, 1969) nunca pareció gustarle mucho el fútbol. Siempre prefirió estar en casa con sus juguetitos (algún que otro deportivo, esa muñeca hinchable) que peleando por un puesto en el Parma o en la Premiership (Leeds, Crystal Palace), donde nunca rindió como en su selección. Sus mejores saltos a la media vuelta fueron con ‘la amarilla’ de Suecia (¡26 goles en 47 partidos!), con la que alcanzó las semifinales del Mundial de 1994. El niño grande se retiró a los 29 años, con más ganas de comerse él solito un plato de arenques con salmón, que de seguir marcando goles para los demás.
Michael OWEN
El Oliver Twist del fútbol mundial. De equipo en equipo como si fuesen orfanatos, de lesión en lesión como si fuesen castigos. Castigos por los que nunca tuvo la culpa el pillo más rápido al este del río Mersey, donde ahora las aguas bajan hablando el castellano de la ‘Spanish’ Armada del Liverpool, club del que nunca debió salir. Ni siquiera para venir –y dejar buen pero fugaz recuerdo– al Real Madrid. Castigos de los que siempre escapó con voluntad de hierro y goles como puños contra la adversidad. Hoy en el Newcastle, equipo que no está a su altura y en el que sólo ha jugado un puñado de partidos en dos cursos, Michael Owen (Chester, 1979) mantiene su perfil de niño prodigio del fútbol inglés con su selección, a la que regresó con aspecto de eterno recién duchado y goles para superar a Charlton, Lineker y Greaves en la tabla de ‘pichichis’.
Aleksandr ZAVAROV
Aleksandr Anatolyevich Zavarov (Ucrania, 1961) es hoy un entrenador sin suerte. Como aquella gozosa selección soviética que en los 80 estuvo más cerca de lo que muchos creen de dominar el fútbol europeo. Sin embargo, igual que al angelical rizoso Zavarov, un centrocampista frío, gélido, bajito y con algo de gol en los bolsillos, a la URSS le faltó carácter. O quizá, también como al propio Zavarov, un punto más de suerte para llegar a lo más alto. Y eso que fue una de los primeras estrellas soviéticas que pudieron huir a las grandes ligas extranjeras, pero en la Juve no volvió a ser el fino pasador del Dinamo de Kiev campeón de la Recopa de 1986 (3-0 al Atlético), ni el falso ‘9’ subcampeón de la Eurocopa ’88. Hoy, este buenazo trata de recordarles a los chavales del Arsenal de Kiev (un modesto de la liga ucraniana) que él ha visto de cerca las puertas de la gloria.
Javier SAVIOLA
El ‘pibito’ es el más querido allá donde va. Esa carita, ese ‘look’ que no cambia desde preescolar y la disponibilidad total para salir al campo en cualquier momento y crear ocasiones como el que hace los deberes del cole, con diligencia y cierta resignación, dejan huella. Tampoco es manca esa capacidad para asociarse en parejas (un espectáculo verle tirar paredes con el payaso Aimar en River) o en grupos de juego, como en la selección argentina, que parece una cuadrilla de chavales con hambre de merienda –y el bocadillo lo tiene el rival–. Sin embargo, desde que llegó a España (Barça, Sevilla, R. Madrid), Saviola (Buenos Aires, 1981) parece triste como un niño con media de notable (números goleadores siempre correctos) al que sus padres cambian de escuela sin derecho a rechistar. Quizá por eso se niega a crecer: para seguir haciendo la revolución en el área, como si de un amiguito imaginario de Mafalda se tratase.
Gianni RIVERA
‘Il Bambino de oro’ hubiese cambiado sus dos Copas de Europa con el Milan, su Balón de Oro en 1969, la Eurocopa ’68 y hasta su escaño en el Parlamento por haber jugado de inicio la final del Mundial de 1970, el más mítico partido de fútbol que se recuerda. Giovanni, ‘Gianni’, Rivera (Alessandria, 1943), sólo jugó ocho minutos. Maldita ‘staffetta’. Al seleccionador Valcareggi le vino fenomenal la instauración del sistema de cambios en México para justificar la no alineación del interista Mazzola y el milanista Rivera juntos. La ‘staffetta’ era la solución: los dos mejores futbolistas del país se turnarían: Mazzola al inicio, Rivera tras el descanso. Un fiasco, 4-1 para Brasil. Rivera volvió a Milán para seguir triunfando con la elegancia que le caracterizaba desde adolescente, cuando con 16 años recibió una oferta de 60 millones de liras para fichar por los ‘rossoneri’ y convertirse en lo que siempre fue: un niño grande contra el ‘catenaccio’.
Pedro ZABALLA
Ni querubines ni angelotes de Murillo. El bien personificado en el mundo del fútbol. Extremo de calidad, ex jugador de Racing, Barça, Sabadell y Oviedo, internacional en una ocasión (dos goles a Irlanda en 1964), Pedro Zaballa (Castro Urdiales, 1938), fue un pionero. Con un simple gesto para la eternidad, patentó en nuestro país el ‘Fair Play’. Fue el 2 de noviembre de 1969, en un Real Madrid-Sabadell de Liga. El portero merengue Junquera chocó con su compañero Espildora y ambos quedaron conmocionados. El balón llegó a los pies de Zaballa, que, en lugar de marcar a puerta vacía, echó el balón fuera. Su gesto dio la vuelta al mundo. Hasta la Unesco, que le concedió el premio Fair-Play y la gloria silenciosa de los modestos. Desde el cielo, a donde llegó tras una penosa enfermedad en 1997, Zaballa sigue dando lecciones. El premio al Juego Limpio del fútbol español lleva su nombre.
David SILVA
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